Javier Heraud
Javier Heraud Pérez (*Lima, 19 de enero de 1942 – Madre de Dios, 15 de mayo de 1963). Perteneció a una familia de clase media.
Desde muy niño mostró un gran interés por el estudio, lo que reflejaría en el ámbito académico, al ocupar el segundo puesto de su promoción en el colegio Markham, y el primer puesto a la Facultad de Letras de la Universidad Católica del Perú.
En 1960, aún siendo menor de edad, publica "El Río", poemario donde haría gala de su maestría para la composición literaria.
Heraud muere en el río Madre de Dios a la edad de 21 años. Dejando un gran pesar en su familia, así como también en el ámbito de las letras americanas.
El Río
1
Yo soy un río,
voy bajando por
las piedras anchas,
voy bajando por
las rocas duras,
por el sendero
dibujado por el
viento.
Hay árboles a mi
alrededor sombreados
por la lluvia.
Yo soy un río,
bajo cada vez más
furiosamente,
más violentamente
bajo
cada vez que un
puente me refleja
en sus arcos.
2
Yo soy un río
un río
un río
cristalino en la
mañana.
A veces soy
tierno y
bondadoso. Me
deslizo suavemente
por los valles fértiles,
doy de beber miles de veces
al ganado, a la gente dócil.
Los niños se me acercan de
día,
y
de noche trémulos amantes
apoyan sus ojos en los míos,
y hunden sus brazos
en la oscura claridad
de mis aguas fantasmales.
3
Yo soy el río.
Pero a veces soy
bravo
y
fuerte
pero a veces
no respeto ni a
la vida ni a la
muerte.
Bajo por las
atropelladas cascadas,
bajo con furia y con
rencor,
golpeo contra las
piedras más y más,
las hago una
a una pedazos
interminables.
Los animales
huyen,
huyen huyendo
cuando me desbordo
por los campos,
cuando siembro de
piedras pequeñas las
laderas,
cuando
inundo
las casas y los pastos,
cuando
inundo
las puertas y sus
corazones,
los cuerpos y
sus
corazones.
4
Y es aquí cuando
más me precipito
Cuando puedo llegar
a
los corazones,
cuando puedo
cogerlos por la
sangre,
cuando puedo
mirarlos desde
adentro.
Y mi furia se
torna apacible,
y me vuelvo
árbol,
y me estanco
como un árbol,
y me silencio
como una piedra,
y callo como una
rosa sin espinas.
5
Yo soy un río.
Yo soy el río
eterno de la
dicha. Ya siento
las brisas cercanas,
ya siento el viento
en mis mejillas,
y mi viaje a través
de montes, ríos,
lagos y praderas
se torna inacabable.
6
Yo soy el río que viaja en las riberas,
árbol o piedra seca
Yo soy el río que viaja en las orillas,
puerta o corazón abierto
Yo soy el río que viaja por los pastos,
flor o rosa cortada
Yo soy el río que viaja por las calles,
tierra o cielo mojado
Yo soy el río que viaja por los montes,
roca o sal quemada
Yo soy el río que viaja por las casas,
mesa o silla colgada
Yo soy el río que viaja dentro de los hombres,
árbol fruta
rosa piedra
mesa corazón
corazón y puerta
retornados,
7
Yo soy el río que canta
al mediodía y a los
hombres,
que canta ante sus
tumbas,
el que vuelve su rostro
ante los cauces sagrados.
8
Yo soy el río anochecido.
Ya bajo por las hondas
quebradas,
por los ignotos pueblos
olvidados,
por las ciudades
atestadas de público
en las vitrinas.
Yo soy el río
ya voy por las praderas,
hay árboles a mi alrededor
cubiertos de palomas,
los árboles cantan con
el río,
los árboles cantan
con mi corazón de pájaro,
los ríos cantan con mis
brazos.
9
Llegará la hora
en que tendré que
desembocar en los
océanos,
que mezclar mis
aguas limpias con sus
aguas turbias,
que tendré que
silenciar mi canto
luminoso,
que tendré que acallar
mis gritos furiosos al
alba de todos los días,
que clarear mis ojos
con el mar.
El día llegará,
y en los mares inmensos
no veré más mis campos
fértiles,
no veré mis árboles
verdes,
mi viento cercano,
mi cielo claro,
mi lago oscuro,
mi sol,
mis nubes,
ni veré nada,
nada,
únicamente el
cielo azul,
inmenso,
y
todo se disolverá en
una llanura de agua,
en donde un canto o un poema más
sólo serán ríos pequeños que bajan,
ríos caudalosos que bajan a juntarse
en mis nuevas aguas luminosas,
en mis nuevas
aguas
apagadas.
Del poemario: "El Río". Lima. 1960.
solo
En las montañas o el mar
sentirme solo, aire, viento,
árbol, cosecha estéril.
Sonrisa, rostro, cielo y
silencio, en el Sur, o en
el Este, o en el nacimiento
de un nuevo río.
Lluvia, viento, frío
y azota.
Costa, relámpago, esperanza,
en las montañas o en el
mar.
Solo, solo,
sólo tu sola risa,
sólo mi solo espíritu,
solo
mi soledad
y
su
silencio.
Rodolfo Hinostroza
Pertenece a la generación del 60. A comienzos de esa década, Hinostroza, ingresó a estudiar medicina, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Lima, carrera que abandona inmediatamente por la literatura. En 1962, parte a Cuba, con Javier Heraud, Edgardo Tello entre otros a estudiar literatura. Luego retorna a Perú, antes de viajar a Europa, donde se establecerá por un largo período. En Europa Hinostroza se desempeñó, durante varios años, como periodista. Durante su estancia en París, participó activamente en los acontecimientos de Mayo del 68. En Francia ejerció de locutor en una radio cultural y como profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Orleáns. También es traductor. Entre otras obras, tradujo dos novelas de Jean-Marie Le Clézio para la editorial Seix Barral. En 1984 regresó definitivamente al Perú.
LOS HIJOS DE CLAUSEN
Mi madre Gloria era
La chica linda del Callejón del Buque,
De Bajoelpuente, en el jirón Trujillo, manyas primo.
Era hija de Clausen, un ingeniero danés chiquito y colorado,
lisuriento, que a veces venía a visitarlos,
a ella y sus dos hermanos,
a Olga, la segunda, y a Rodolfo, el menor.
Eran hijos habidos en Victoria Farfán,
guapa bajopontina de imponente perfil,
y de horrible carácter, tal como lo aprendí
a mis expensas luego. Nadie quería entrarle
aunque era buena hembra, pero con fama de ogro:
Tuvo que ser este gringo despistado, chambero y buenagente,
pero más lisuriento que un capataz de obras
se ve que había aprendido su oficio en el barco
porque instalaba Centrales Hidroeléctricas en provincias
y se quedaba un año dos,
en Camaná por ejemplo, o en Máncora
conviviendo en el campamento
con mujeres del pueblo
a las que les hacía de vez en cuando un hijo.
En consecuencia le hizo
tres hijos a Victoria
De puro macho que era.
Gloria nació, por ejemplo, en el campamento de Ica,
Y Olga en el de Marcará
y el muchacho Rodolfo ya de regreso a Lima
pero hasta ahí nomás llego,
porque luego de algunas peleas memorables con el Ogro
el hombre se esfumó. Ni cojudo,
se fue desapareciendo de a poquitos pretextando trabajo
hasta que no volvió, sino de tarde en tarde
para ver a sus hijos.
Cada vez que el gringo venía a visitarlos,
La cosa terminaba en unas grotescas,
gigantescas puteadas de callejón limeño,
Con mentadas de madre y baldes de meados
Contra el valiente danés y sus torpes carajos,
sus incipientes mierdas, sus amargas derrotas de gringo buenagente
contra la horrenda familia de mi abuela,
un matriarcado chicha
de obreros criollazos y grisetas
que comportaba un tira,
un par de mechadores famosos
una puta solapa
y varios palomillas
que a veces terminaban en la cana.
O sea que mi madre lo veía muy poco
Pero siempre cargado de regalos, como Santa Claus en su trineo:
Muñecas lloronas, ropa importada de Miami, camioncitos a cuerda,
Y sus visitas eran más inolvidables cuanto más esporádicas,
Y siempre en Navidad
Que para los daneses es sagrada
Y nunca les falló en eso al menos.
Los tres hermanos competían desleal y arduamente
por el breve, pequeñísimo tiempo
Que su padre dedicaba a cada uno de ellos:
"Cómo te va
En el colegio? Qué quieres estudiar cuando seas grande? (ingeniero)
(maestra) (artista de cine) Te enseñan bien inglés en el colegio?
Saben, yo viví 20 años en los Estados Unidos,
y tengo la nacionalidad americana, que
automáticamente se transmite a mis hijos,
por ley, a toditos mis hijos,
o sea que ustedes también tienen derecho
al pasaporte americano,
lo sabían?..."
Se les quedaban las palabras de protesta atoradas en la glotis
Y preferían tomarle de la mano, cálida y cariñosa
Que darle motivo de vergüenza
Con preguntas incómodas.
Y cuando el gringo se iba en su Ford polvoriento,
sus 3 hijos en unánime paja
se largaban al techo, a soñar desaforadamente
con los Estados Unidos de América
la tierra de las oportunidades
Time is Money
América tierra del trabajo y del dólar
De la democracia
Y de la igualdad ante la ley
De los hijos bastardos.
Y el culeado danés un día se murió
Sin dejarles un cobre.
Pero tanto fue que sus hijos soñaron,
que sus sueños se hicieron realidad
Al filo de los años.
Mi madre, por ejemplo, encontró
a su Príncipe Azul
En Octavio, un poeta venido del Callejón de Huaylas
Hijo de un hacendado en bancarrota,
Que tenía más o menos la edad de su padre.
Cuarentón, romántico y celoso,
Refinado aunque misio,
Con la cabeza llena de sueños
Pues el también sonaba con triunfar en Hollywood
Y acababa de escribir el guión de una película de éxito
"El guapo del pueblo"
Con Jesús Vásquez y Filomeno Ormeño,
Ima Sumac y Moisés Vivanco
Y la Cholita linda del Perú,
Alicia Lizárraga.
Eran tiempos del cine mexicano
Con el charro cantor Jorge Negrete
Y aquí surgía un cine nacional a fines de los '30
Con enorme ilusión
Por eso comparaban la pareja conformada por ellos
con la de María Félix y Agustín Lara,
La bella chica y el feo poeta
A causa de la diferencia de edad, o con Chaplin
Y Paulette Goddard. Era un sueño para ella
Estar en ese ambiente
Y no con los zafios de sus primos.
El poeta se casó pues con ella y se la llevó a Huaraz
Tierra de sus mayores y
Tuvo dos hijos en ella (mi hermana Gloria y yo)
Y fuimos felices y comimos perdices desde 1941 hasta el 49
Que todo se rompió, inexplicablemente,
Como una muñeca de porcelana china
Y ellos se divorciaron.
Pero antes de eso fuimos de verdad felices
En esa hermosa casa de la calle San Martín
Con su patio y su poyo y su corral de cuyes
Y las gotas de lluvia cristalina
Que tintineaban sobre los charcos
Y el trino del huanchaco pecho colorado
Y el trueno batiendo atabales lejanos.
Nunca supimos verdaderamente por qué se separaron
Ni tampoco tiene sentido esclarecerlo ahora,
después de más de medio siglo.
Pero se separaron a capazos neuróticos,
luego se divorciaron y cambió nuestra vida,
dio un vuelco espantoso, como un accidente de automóvil
y fuimos infelices durante largos años.
Entonces regresamos a Lima, a vivir
Con la feroz familia de mi madre
En la Unidad Vecinal número 3
Unas viviendas para familias pobres.
Mejor no lo recuerdo.
Después mi madre se consiguió un amante
que era también casado como el abuelo Clausen
Y había trabajado también 20 años
In the United States
Y había regresado al Perú para montar
una cafetería en el jirón de la Unión.
Y el tal Alberto le puso Casa Chica a mi madre
como el danés se la puso a su madre,
Siguiéndole el ejemplo
Que ya era una tradición en su familia
Porque la bisabuela Hortensia era la barragana
Del tal Farfán (que era también casado)
Y ya eran tres generaciones de mujeres
Salidas de ese callejón bajopontino
Que eran queridas de gordos ricachones
Fatalmente, como en las tragedias griegas.
Y mi madre volvió a ser ilegitima
Después de haber estado legítimamente casada con mi padre
Porque la fatalidad la llevaba a ser la Otra
La amante, el fruto prohibido,
La mujer que se corta las venas
Y acaba en el hospital, a hurtadillas
Para que sus hijos no se enteren.
Y luego vino Demetrio, otro poeta misio y además casado
Pero al menos poeta, aunque completamente
alcoholizado.
Y luego vino su matrimonio bamba
(en este fui testigo) con un cretino,
que desapareció poco después.
Ya estaba envejecida
y sin mucho glamour, de modo que un buen día,
desistió de buscar la Felicidad
consagrada en la Constitución Americana.
Poco después murió
de un infarto masivo al miocardio,
mientras que se tomaba su último Cuba Libre.
Su hermana Olga
Esa especie de monstruo que nunca tuvo hijos
Y acechaba mi infancia
Para burlarse de mí, para vejarme,
Para espiarme morbosamente por la ventanita del baño
Para golpearme brutalmente con un palo de escoba
Para arrojarme un cuchillo encima de la mesa
Para destrozar mi juego de ajedrez que no entendía
Esa bestia peluda, en fin,
Decidió, ella también, ir a buscar el Sueño Americano
A los 50 años, bastante maleteada por su amante,
Desde luego casado.
Inmigró a los Estados Unidos, con chamba de doméstica,
Aunque no sabía cocinar ni tampoco comer,
Y regresó casada con un octogenario ingeniero checo
Jubilado, enfermo y malhablado
Igualito a su padre
Trayendo unos inmensos muebles americanos
Para que la envidiase su familia
Pero no tuvo tiempo ni de desempacarlos
Porque murió de un cáncer a los huesos
Dopada por el fósforo, deforme, delirando,
Insultada por su madre aún en su lecho de muerte,
Impotente y vejada.
En cuanto a Rodolfo, el benjamín,
El tío buena gente
Que prefería tener alma de negro pobre
Que no de blanco misio
Nunca se fue a los Estados Unidos
Pero fue el único que realizó El Sueño Americano
Pues se hizo rico de la noche a la mañana.
Yo lo hice rico de la noche a la mañana
Gracias a mi laboratorio de química
Enseñándole a extraer oro de unas sales de cianuro
Acumuladas en años de electrólisis
Pues él no sabía qué hacer con ese polvo gris y denso
Que supe convertir en oro de calidad suprema
99.99 de pureza
con un catalizador de hierro
que hizo llover oro en polvo sobre el tío Rodolfo
30 o 40 kilos de oro lloviéndole del cielo.
Y se compró su casa, y puso su negocio
Y no paró hasta hacerse millonario
Pero a mí no me dio, desde luego, un centavo,
Y ni siquiera las gracias.
Y dejó de ser el tío buena gente para ser un señor
Avaro y temeroso de su oro
Con un hijo mongólico
Que ensombreció los días de su vida.
Ahora casi todos han muerto.
Mi madre se ha ido al alto lirio,
A cantar sus endechas
Mi padre, Tía Lucha, Alberto el comerciante, Demetrio el poeta
todos están juntos en el alto combo.
Mi abuela Victoria se ha reencarnado en una rata,
Y Olga en una repugnante cucaracha
Y se encuentran en las alcantarillas que las vieron nacer
Para seguir peleando.
Y desde luego Clausen, el danés inmigrante,
se ha ido al Otro Barrio
a montar sus Centrales Hidroeléctricas,
y pasa piola
Inmerecidamente, desde luego.
LOS HUESOS DE MI PADRE
Serán éstos los 206 aristocráticos huesos de mi padre?
Todos completos, con su maxilar inferior, su frontal,
sus falangetas, su astrágalo,
su vómer, sus clavículas?
No se habrán confundido
en la Fosa Común
con los de un vagabundo
de esos que abundan en las calles de Lima,
y mueren sin un grito? Cómo voy a confiar
en que sean éstos los huesos de mi querido padre,
don Octavio, Tachito,
si en la Fosa Común donde lo echaron
puede ocurrirle cualquier cosa
a los huesos de uno?
Su hermano, tío Reynaldo había jurado
encontrar a mi padre, y recorrió toda esta Lima a pie
durante un año, para hallar a mi padre, el poeta,
que se había perdido en la ciudad,
como suele ocurrirles a los ancianos y a los locos.
Todos los días salía, después del desayuno,
a buscar al hermano mayor,
a aquel poeta provinciano,
talentoso, desgraciado y perdido
por los barrios de Lima. Llevaba
una vieja foto de mi padre, amarillenta,
donde aparecía con su pelo ya blanco,
sus ojillos brillantes de inteligencia, sus mejillas fláccidas
labradas por años de inútiles batallas
contra lo que él llamaba su destino adverso
cuando se hallaba de un ánimo blasfemo,
dispuesto a enrostrarle a un Dios
en el que no creía,
sus continuos fracasos.
La boca grande, elocuente.
La frente alta y despejada. Con un terno marrón, creo,
a rayitas. Esa imagen debió corresponder
a una época feliz, tal vez la de Huaraz,
cuando estábamos todos juntos, mi hermana
mi madre y yo, mucho antes
del divorcio.
Reynaldo la mostraba
a la gente, los interrogaba venciendo
su enorme timidez: "¿Ha visto a este hombre?"
indesmayablemente a pie,
tío de a pie como un remoto soldado de una guerra perdida,
raso, humilde, cumplido,
indagando en los parques, en los hospitales,
en las estaciones de autobús,
en los mercados,
pues quería encontrarlo,
esa era la misión que se había impuesto
antes que la muerte se lo lleve.
Pero la muerte se llevó primero a tío Reynaldo
de un cáncer al estómago,
sin saber que mi padre lo había precedido en el último rumbo,
y no fue sino mucho más tarde que mi hermana
al fin encontró a mi padre
en una Fosa Común del cementerio de Miraflores
donde sus huesos misteriosamente habían venido a dar
porque nadie había reclamado su cadáver.
La muerte
que con callado pie todo lo iguala
lo había sorprendido en un asilo municipal
donde llevan a los locos que vagan por las calles de Lima
y había muerto, enloquecido y solo,
él, Octavio, Tachito, el poeta, el hermano mayor
que había nacido en cuna de oro.
Siempre pensé que moriría rodeado
como Maese Manrique
de sus hijos, hermanos y criados
reconciliado con su terco destino
y cesaría la angustia
la loca angustia que desorbitaba sus ojos
porque no quería morir como un fracasado
y su muerte le cerraría para siempre
las puertas de La Gloria.
No reposó un instante en vida
acechando a la suerte en todos los caminos,
en todos los concursos,
esperando un cambio del destino
un premio, algo definitivo
que sacase su nombre del anonimato
y le diese la paz. Ya no soñaba con el Premio Nobel,
si no con la publicación de sus poemas
que eran profundamente hermosos
y cada día más bellos
cuanto más desgraciada era su vida.
Se sentía en deuda
con nosotros sus hijos,
y los recuerdos de nuestra infancia feliz lo atormentaban
hasta hacerlo sangrar
como un patriarca loco que ha perdido
el paraíso inadvertidamente
por una mala mano en el tresillo
un mal consejo, o una debilidad de temple
inconfesable.
Entonces quería estar solo, huía
de la familia, se confundía
en Lima entre los vagabundos, le aterraba
y le atraía como un destino escrito
la mendicidad al final del camino. No aceptaba
el rol que todos querían para él:
el del abuelo sabio y respetado
que mora y aconseja en el hogar de su hija: prefirió
seguir en la batalla hasta el final,
irse a la calle
esperando un milagro.
Sus despojos
fueron a dar a la Fosa Común,
hasta que el proceso
de putrefacción termine, en cosa de tres años
y sus huesos, mondos, nos fueron entregados
en una caja de zapatos, con una etiqueta identificatoria.
Ahora reposan en el Cementerio el Ángel
en una de esas fúnebres bibliotecas de huesos
a pocos bloques de donde mi madre duerme su sueño eterno.
La muerte, piadosamente,
ha acercado los huesos de dos seres que la vida separó,
y sus nombres han vuelto a aproximarse
en el silencio de este Camposanto
como cuando se vieron por primera vez
y se amaron.
En ocasiones
mi hermana y yo llevamos flores,
a un sepulcro y el otro,
y todavía sufrimos por su amor desgraciado,
que sin embargo dio maravillosos frutos.
Antonio Cisneros
Antonio Alfonso Cisneros Campoy , (* Lima, 1942 - ) es un reconocido poeta peruano.
Antonio Cisneros (Lima 1942). Poeta, periodista, cronista, guionista, catedrático y traductor. Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la Pontificia Universidad Católica del Perú entre 1960 y 1965. Obtuvo el Doctorado en Letras en 1974. Tiene tres hijos y cinco nietos.
Pertenece a la llamada "Generación del 60" de la literatura peruana. Ha sido uno de los que más ha publicado y el más reconocido poeta peruano de este grupo.
Entre otras distinciones, en tanto que poeta, ha ganado el Premio Nacional de Poesía, el Premio Casa de las Américas, el Premio Cosapi de la Creatividad, el Premio Gabriela Mistral de la Organización de Estados Americanos, el Premio Iberoamericano José Donoso, el Premio de Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval, Aguas Calientes, la Orden de Caballero de las Artes y las Letras de Francia.
Ha enseñado en diversas universidades del Perú, Estados Unidos y Europa. Ha hecho periodismo en prensa, radio y televisión. Actualmente es director del Centro Cultural Inca Garcilaso del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú.
LAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO
La Virgen del Carmelo se bambolea
en la parte superior del escenario.
No es gran cosa, tal vez,
si la comparo con la Virgen de Lourdes,
tan serena, o con la pompa
de Nuestra Señora de París.
Sus ojos compasivos, sin embargo,
me llenan de consuelo.
Igual que las hileras de faroles
cuando el día se acaba
y la noche no llega.
Las luces amarillas de los postes
1
sobre el acantilado.
Sólo hay que ver
el modo en que sostiene al Niño Dios.
No como las madres primerizas,
siempre atribuladas, predispuestas
a dejarlo caer al primer empellón.
Ese rostro impasible, por el contrario,
de matrona, más que de madonna,
nos anuncia que detrás de la muerte,
donde cesan la gula y el afán,
hay un manto protector
para esta pobre almita,
ya libre de las carnes registradas
por las tomografías,
sin tiempo ni memoria y, sin embargo,
ardiendo como un chancho
entre el fogón.
Imposible, es verdad, imaginarse
todo ese sufrimiento
sin tener la certeza
de que la Santa Virgen del Carmelo,
2
rechoncha y bonachona,
va a extendernos sus brazos
una vez pasados miles de años
o millones tal vez
(en el purgatorio, total,
no existe el tiempo)
y enjugar nuestro llanto y despojarnos
de piojos y alimañas
con paciencia infinita.
Mientras en las alturas resuenan las trompetas
y en la tierra
nos festejan los nietos adorados
con ramas de algarrobo y un tambor.
UN VIAJE POR EL RÍO NANAY
No es en esos meandros, donde viven los peces de agua dulce, que yo el gran capitán broadcaster destajero, con cien pesos al mes mien-tras navego y ciento treinta cuando estoy en tierra, he sentido terror por lo que resta de mi ordinaria vida. El terror a las garras del tigre, frías rodajas de cebolla cruda, lo sentí más bien en la terraza de ese bar tenido por alegre, amasijo de piernas y traseros bajo el ardiente el sol, a pocos metros de la Plaza de Armas, resbaloso igual que la cubierta de un crucero barrido por las olas, clavado en una roca sobre el río Nanay.
3
Estamos en la época del año en que las tortugas desovan en la playa y luego se sumergen río abajo como si huyeran (o se avergonza- ran) de sus crías, es decir unos quelonios cegatones y fofos, buenos para estofarlos a partir del medio año de edad. Ají pipí de mono. Revuelo de las faldas de algodón abiertas en el muslo hasta esas ancas saladas y perfectas. Un coleóptero transita entre la luz. Se hace papilla. Y, sin embargo, quieto es el vuelo del martín pescador sobre las aguas quietas. Nada hace sospechar los turbulentos cardúmenes de peces, girando en lo profundo como moscas en torno al orificio enloquecido de una dora- da real.
También hay un silencio cerril azul de Prusia. Detrás de las per-sianas de madera, unas veinte cabezas de ganado cebú se sobajean con tal solicitud que todo hace pensar en un perverso pacto, más oscuro que una deuda de juego o una historia de amor. Por lo demás, tan sólo hay que mirar cómo descienden las aguas del Nanay al pie de mi ventana para saber que tenemos casi 40 grados a la sombra y 90 % de humedad. Ahora sé que en los grandes calores debo alejarme de las mantas de lana y de los cuerpos que dan horrible sed y calientan el aire.
De pronto, sin qué ni para qué, termina el pastizal bajo la nie- bla. Allá donde el paisaje es un grabado con fresnos, eucaliptos y matas de geranio. Hay además una mujer salpicada por las altas mareas que revientan contra los farallones. Está casi desnuda y observa una manada de delfines a prudente distancia. En realidad hay muchas cosas más. Pero ninguna es tuya, diabético tedioso. Calla y aprende. Sólo posees algunas unidades de insulina y una piara de cerdos amarillos.
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Luis Hernández
(1941-1977), considerado uno de los mayores poetas de su generación, llegó a publicar en vida solo un trío de breves poemarios a principios de la década de 1960. A partir de 1965 optó por un sistema de creación marginal que consistía en crear cuadernos artesanalmente, con variados y cuidadosos recursos gráficos, e ir regalándolos desaprensivamente, cual muestras de un arte efímero que no condescendía a la edición ni siquiera a la lectura. El poeta no guardaba copia de estos cuadernos, que solían repetirse parcialmente y no siempre poseían una estructura. Esta actitud ante la creación, al lado de diversos elementos llamativos de su vida personal, consiguieron para el poeta una rápida y no deseada mitificación.
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En su poesía son constantes los elementos coloquiales, irónicos, urbanos y las referencias y citas cultas. La poesía de Hernández se caracteriza por un tono aparentemente muy ligero, un recuperar elementos poéticos de la cotidianidad y un trascendente desenfado que le ganó un numeroso público. Si bien se han realizado dos importantes compilaciones de su poesía en 1978 y 1983; aún hay un gran trabajo de edición por hacer con sus textos, muchos de los cuales, como hemos dicho, se repiten con variantes.
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Se ha dicho que los cuadernos de Luis Hernández sumaban más de un centenar. Las peripecias que han sufrido han causado que buena parte de ellos actualmente se haya perdido o deteriorado.
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LA COMEDIA DEL ARTE
De qué lugar del orbe soy Entonces, digo Viendo a mi oscura patria Quebrada entre la arena Desde un barco jocoso y sin bandera Cuántas pobres mujeres de mi tierra Ya perdieron por el mucho parir Las esperanzas Por la pompa y la entrega Sin amor y sin pago. Con qué ciudo Cultivo yo mi cuerpo Y lo malpongo, Amanezco un domingo Y me comedio Simpre llano al llamado De los astros. ¿De qué astros? Dime entonces qué ángulo, qué giro Puede haber para mí Y para mi raza Con mi carro, Mis cóleras, Mis uvas, Y la mora engañosa Tras mi lente ahumado, Tras mi cuerpo que ahíto y complacido Se Hace el bobo, El poeta, Y no conoce Cuánta sangre de otros Se ha empleado Para el plante maldito de mis venas.
A UN SUICIDA EN UNA PISCINA
No mueras más Oye una sinfonía para banda Volverás a amarte cuando escuches Diez trombones Con su añil claridad Entre la noche No mueras Entreteje con su añil claridad Por lo que Dios más ame Sal de las aguas Sécate Contémplate en el espejo En el cual te ahogabas Quédate en el tercer planeta Tan sólo conocido Por tener unos seres bellísimos Que emiten sonidos con el cuello Esa unión entre el cuerpo Y los ensueños Y con máquinas ingenuas Que se llevan a los labios O acarician con las manos Arte purísimo Llamado música No mueras más Con su añil claridad.
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Juan Ojeda
Juan Marcelo Ojeda (Arroyo Seco, Provincia de Santa Fe, Argentina, 10 de noviembre de 1982) es un futbolista que se desempeña como arquero en el Club Atlético River Plate de la Primera división argentina; iba a fichar para el Atlas de Guadalajara de la liga mexicana, pero una enfermedad en la sangre (Leucemia Crónica) canceló las negociaciones.[1]
Ojeda es el arquero de menor estatura del fútbol argentino, con 1.79 m.
Dato curioso
Cuando recién fue fichado por River Plate, fue entevistado por el canal deportivo ESPN en donde dijo que desde pequeño fue delantero de área y goleador, pero un día aburrido de su posición, llego a un acuerdo con el arquero de su división y club para intercambiar roles. A partir de allí se dio cuenta de sus cualidades y siguió siendo arquero hasta el día de hoy.
Soliloquio
Para el que ha contemplado la duración
lo real es horrenda fábula. Sólo los desesperados,
esos que soportan una implacable soledad
horadando las cosas, podrían
develar nuestra torpe carencia,
la vana sobriedad del espíritu
cuando nos asalta el temor
de un mundo ajeno a los sentidos.
Qué esperarías, agotado de ti
o una estéril música,
cuyo resplandor al abismarse te anonadaría.
Pero tú yaces oculto o simulas alejarte
de lo que, en verdad, es tu único misterio:
en la innoble morada de la realidad
nutres un sentido más hondo,
del que ya ha cesado todo vestigio humano.
Y destruyes
el reino de lo innombrable, que en ti mismo habita.
¿Qué esperarías? ¿Sólo madurar, descendiendo,
en una materia más huraña que el polvo?
Nada hay en los dominios frescos
del sueño o la vigilia.
Así
he considerado con indiferencia mi vida,
y ya debemos marcharnos.
César Calvo
César Calvo Soriano (Iquitos, 26 de julio de 1940 - Lima, 18 de agosto de 2000).
Poeta peruano, hijo del pintor César Calvo Araujo y miembro de la generación del sesenta, cuya obra refleja el interés de este grupo en usar imágenes de la cultura y sociedad contemporánea en la poesía además de incorporar en algunas ocasiones otras propias de su región amazónica natal, y se relaciona con su militancia comunista.
DAN LAS CAMPANAS TU RECUERDO EN PUNTO
Dan las campanas tu recuerdo en punto.
Afuera se pasean las dos de la mañana.
Nada pudo diciembre contra el semestre tuyo.
Nada el sol silencioso contra tu sombra hablada.
Desde el fondo de todo
lo que tengo,
me faltas.
Dan tu recuero en punto las campanas.
Y afuera se pasean,
de una
en una,
las dos
de la mañana.
Poemas bajo tierra, Lima, Cuadernos Trimestrales de Poesía, 1961.
V
(No ignoro que los muertos esperaban, al doblar inmediato de cada despedida, para poner el asco de su sed en tu rostro. Si de silencio entonces mis trajines de pez sobre tus hombros, fue porque a los pantanos desnudo y siempre solo contigo fui, monstruosamente hermoso.
Magdalena, tu rostro.
Mientras enloquecías de arena en el rocío, y el insomnio azotaba tus muslos y la luna, con esa astucia propia de los ciegos: yo tocaba tu rostro.
Falanges de la dicha, epidermis del odio, Magdalena, mis manos de leproso).
Ausencias y retardos, Lima Ediciones de La rama florida,1963
IV
Ni el olvido
sabrá de este regreso.
Apenas si el aroma
de las tardes,
al esculpir sus rosas
en el viento,
hablará de nosotros.
Y desde nuestras solas
soledades, seguirán
extrañándonos los ecos.
Ensayo a dos voces , Lima, Ediciones Cúyac, 1967
PARA ELSA, POCO ANTES DE PARTIR
(Fragmentos)
Porque vivo hace siglos en el aire
como
un
trapecio
vacío
yendo y viniendo
de lo que he sido a lo que no seré
Porque cruzo los días como un puñal la cara del que huye,
como lápiz sin dueño sobre el papel en blanco
Porque escribo estas líneas no solamente con mi vida
sino con el jadeo de todos los fantasmas que me amaron,
de todos los fantasmas que murieron y renacieron
con el rostro vuelto a una feroz desolación,
culpándome
Porque con culpa escribo, con el lento rumor de tus ropas
cayendo en la penumbra de Ginebra, cuando aún era tiempo
y los relojes ignoraban el peligro, sus agujas
como el abrazo de un náufrago en la dichosa
profundidad,
mi boca persiguiendo tu vientre en el silencio que
precede a los incendios
y las almohadas húmedas y los ojos que ya no veré
nunca
girando en los espejos y en la noche infinita:
ayúdame a quedarme cuando me encuentre lejos
Ayúdame a quedarme cuando me encuentre lejos
En todo cuerpo que mis manos conduzcan
a la hoguera,
en todo cuerpo que mis manos alejen de la orilla,
tú seas el reverso de esa inútil victoria,
la única copa que no desdeñe después del vino fúnebre
Nada puede aprisionar el viento sino la libertad
Nada sino la libertad podría rodearnos ahora
y hacerte comprender que estuve solo
porque la intemperie no cabía en aquel cuarto sórdido
que tú insistes en llamar país, doce millones de rostros
pegados a los muros de un Orden repudiable y desleído
Porque yo he recorrido las colinas de Francia
y he visto en el estruendo verde,
en la delicadeza desbocada de junio
he visto un niño lejano y eternamente dormido
bajo un río de sangre
Y he cruzado el Pont Neuf con los ojos vueltos
al turbio origen del destello …..
Los días pasan por tu rostro como una cicatriz oscura
Ayúdame a prescindir de esos fantasmas que amo y que destruyo
y mis dedos te palpan con la voracidad de un ciego
en la noche
Me había olvidado de la noche
e había olvidado de algo tan simple y verdadero
como beber un vaso de agua, levantarme en la sombra
de los cuartos prestados,
dejar correr el tiempo todavía entre sueños
y luego despertarme con la sed en tu cuello
Me había olvidado que la vida también está hecha
de todos estos ínfimos, esos heroicos acontecimientos
que se cumplen a tientas
entre un cuerpo desnudo y otro cuerpo desnudo,
entre el cauce del río y el vaso de la boca
Me había olvidado de escribir simplemente,
como quien bebe o ama, sin que el Olimpo se me suba a la cabeza
Me había olvidado que un poema se prepara con minuciosa alegría
como un regalo que ya nadie espera,
y se moldea con urgencia
y violencia, con irrepetible,
con irremediable ternura,
como hacerle el amor a una mujer que va a morir mañana
Me había olvidado que te vas a morir mañana
Ayúdame a ser el caminante que no pide nada
Me había olvidado que me voy a morir mañana
que no pide nada sino un poco de camino …..
pero que yo no me dé cuenta …..
que no husmee tu mano
me había olvidado
el receloso animal que me habita…..
…ayúdame a no olvidarte
y la pesada piedra que me amarra hacia el fondo
sea una pompa de jabón, las alas de un dulcísimo castigo
Ayúdame a ser el caminante que no pide nada
sino un poco de camino,
un tronco de sombra junto al fuego
Pero que yo no me de cuenta,
que no husmee tu mano el receloso animal que me habita
el desolado animal que me habita en la noche
y en el día
deja abierta la puerta para que tú regreses o me vaya
Ayúdame a quedarme cuando me encuentre lejos
cuando me encuentre lejos de la memoria
que me devuelves sin proponértelo
como quien llena un vaso de agua simple
y en el gesto de su mano extendida caben todos los mares …..
Ayúdame a quedarme cuando yo haya pasado
cuando yo haya pasado sobre el papel en blanco
como un cuchillo por el rostro
de estos días
en donde tú ya eres
la sonrisa que insiste cuando los labios cesan
El mar se abrirá entonces
y ha de pasar en medio
de las olas
ese
niño
indefenso
y en su mano nosotros como el último fósforo.
Recopilado por :
Joselyn ureta condori